
En la Edad de Piedra, o para evitar confusiones diré mejor en la Edad del Hormigón, se construyó en el gijonés paseo de Begoña una fuente con forma de anzuelo que además de servir de bañera a las palomas y de tapar la vista de la pequeña Notre Dame (La igesia de San Lorenzo) se convirtió, por aquello del remojo, en lugar de celebración de éxitos deportivos. Ahora con la ampliación del aparcamiento subterraneo la fuente desaparecerá, no la echaré de menos, las esculturas de hormigón me dan la sensación de estar inacabadas. Cuando la hicieron me consta que no era yo el único que se preguntaba si iba a quedar así. Y así quedó porque así era. El anzuelo tendrá que despedirse ahora del pegote de cemento que emergía del jardín (Génesis, de Rubio Camín) y que ahí seguirá porque molesta poco, como en su día se despidió el helicoide, también de Rubio Camín, que estaba frente a la iglesia de los Carmelitas. Como con el tiempo alguien reparó en que el cemento hace las ciudades muy grises se pasó después a la Edad del Hierro. Hierro, hierro y óxido del que no envejece porque ya no puede y al que habrá que dedicar algunas líneas en el futuro.