El martes pasado en una solitaria salida en bicicleta como tantas otras en las que salgo a buscar aire limpio por los hermosos entornos de mi ciudad, sufrí una caída. Había cambiado las pastillas de freno de la bici el día anterior, una operación habitual de mantenimiento que a la vista del resultado no resultó como siempre. En la primera bajada en la que tuve que hacer uso de ellos no me respondieron y la bicicleta fue cogiendo velocidad, apreté las manetas repetidas veces en un vano intento porque los hidraúlicos adquirieran presión y me fui desviando hacia la izquierda buscando el talud de la pista. Apenas había podido aminorar un poco mi inercia cuando la rueda delantera impactó de golpe en una piedra haciéndome salir despedido por encima de la bici para aterrizar sobre mi espalda. Bueno, el resultado de aquella mañana fue la fractura de las apófisis transversas de tres vértebras. Cómo podía haber sido mucho peor (seguramente también mejor), me quedo satisfecho con ese final y esperando a que la madre naturaleza haga su trabajo y los huesecillos suelden a base de reposo.
Hace ya muchos años, un fontanero apodado "el Chato", que tenía su pequeño almacén frente a la casa de mis padres, se encontraba en nuestro modesto hogar reparando la fuga de la cisterna del W.C. cuando oímos un estruendo procedente del cuarto de baño. La cisterna no era como las de ahora que van adosadas al inodoro, si no que se encontraba antiestéticamente elevada como era común entonces. El hombre, que la intentaba arreglar en precario equilibrio, acabó cayendo agarrado a la misma quedando encajado en la bañera, no mayor que un plato de ducha, con la cisterna encima y completamente empapado. Cuando acudimos en su auxilio (os podéis imaginar el cuadro), y le preguntamos si estaba bien, el contestó: "sí, menos mal que estoy ágil, si le llega a pasar a otro se mata". Tuvimos que salir de allí del ataque de risa que nos entró y todavía me rio al recordarlo.
Del Chato me acordé aquella tarde porque pensé lo mismo que él, consuelo de tontos.