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miércoles, 15 de septiembre de 2010

El puerto

Me gusta pasear por el puerto, llevo haciéndolo toda la vida. Antes lo hacía más, es verdad, sólo tenía que salir de casa y caminar los doscientos metros que me separaban de ese rompeolas donde están muchos de mis recuerdos. En charlas interminables en las que no importaba el tiempo, dejamos las huellas de nuestras posaderas sobre sus bancos de piedra. Pero al mirar hacia atrás también veo la vieja rula y la fábrica de hielo, lugares por donde de niños correteábamos curiosos, saltando entre cajas de madera con pescado fresco. En aquellos días, deslizándonos como anguilas, nos apartábamos esquivando el trajín de marineros, motocarros y puños cerrados en alto; puños amenazadores como rayos que se movían alrededor de cabezas de hombres con voces de trueno. Completaban el cuadro la vieja grúa, las lanchas, y las rederas, sentadas al sol, remendando aparejos. Después cambió el paisaje, la draga aumentó el calado del puerto, no se volvieron a ver las barcas varadas en la bajamar y se dejaron de oír aquellos hombres de voces roncas curtidas por el alcohol, el frío y la humedad.

Ahora toca disfrutar del colorido de los veleros, de sus banderas, de sus mástiles alineados, de sus reflejos... Es el contraste.


miércoles, 10 de marzo de 2010

La Atalaya









Las ciudades están cambiando continuamente, se modernizan, se vuelven más prácticas y también más atractivas a los ojos pero mientras que unos sólo pueden valorar mejoras, los que tenemos unos años podemos valorar la transformación de lugares que hace años eran intransitables. La serie de fotografías de ayer del Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida, escultura inaugurada el 9 de junio de 1990, me sirven de prólogo a estas otras realizadas en el Cerro hace unos días y que ilustran el cambio de un lugar muy distinto al que conocí de niño. Aunque parezca que uno tiene noventa años cuando recuerda aquellos tiempos, en realidad no ha pasado tanto de las garitas de los militares, la valla que rodeaba el perímetro del acuartelamiento, el pequeño circuito de motocross, que había donde está ahora la pista polideportiva y la de skate, y las mujeres vareando, en primavera, los colchones de lana. A principios de los 80 la zona se recuperó para la ciudad y mientras duró la urbanización quedó un campo de juego enorme con casamatas y bunkers que a falta de otros equipamientos fueron un buen lugar de esparcimiento, claro que sin el barco pirata. Rememorando con Fermín aquellos tiempos, recordábamos como se bajaba por la cuesta de Ojeda, hoy Subida al Cerro, en patinetes hechos con rodamientos y cajas de pescado, y los más afortunados con los famosos monopatines Sancheski de tabla de madera, y lo felices que éramos corriendo arriba y abajo con garbanceros, gomeros y aquellas escopetas de pinzas de fabricación artesanal. Echando la vista atrás resultamos bastante silvestres, otros tiempos.

Otras cosas

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