miércoles, 10 de marzo de 2010

La Atalaya









Las ciudades están cambiando continuamente, se modernizan, se vuelven más prácticas y también más atractivas a los ojos pero mientras que unos sólo pueden valorar mejoras, los que tenemos unos años podemos valorar la transformación de lugares que hace años eran intransitables. La serie de fotografías de ayer del Elogio del Horizonte de Eduardo Chillida, escultura inaugurada el 9 de junio de 1990, me sirven de prólogo a estas otras realizadas en el Cerro hace unos días y que ilustran el cambio de un lugar muy distinto al que conocí de niño. Aunque parezca que uno tiene noventa años cuando recuerda aquellos tiempos, en realidad no ha pasado tanto de las garitas de los militares, la valla que rodeaba el perímetro del acuartelamiento, el pequeño circuito de motocross, que había donde está ahora la pista polideportiva y la de skate, y las mujeres vareando, en primavera, los colchones de lana. A principios de los 80 la zona se recuperó para la ciudad y mientras duró la urbanización quedó un campo de juego enorme con casamatas y bunkers que a falta de otros equipamientos fueron un buen lugar de esparcimiento, claro que sin el barco pirata. Rememorando con Fermín aquellos tiempos, recordábamos como se bajaba por la cuesta de Ojeda, hoy Subida al Cerro, en patinetes hechos con rodamientos y cajas de pescado, y los más afortunados con los famosos monopatines Sancheski de tabla de madera, y lo felices que éramos corriendo arriba y abajo con garbanceros, gomeros y aquellas escopetas de pinzas de fabricación artesanal. Echando la vista atrás resultamos bastante silvestres, otros tiempos.

1 comentario:

  1. Que tiempos aquellos,como se nota que nos hacemos mayores,que no viejos.

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