miércoles, 26 de agosto de 2009

Por Lavandera



Siempre vuelvo a Lavandera. Es una suerte tener tan a mano una senda que me pone rumbo a uno de mis lugares favoritos. La bicicleta va sola, se conoce cada curva, cada piedra, cada bache. La otra tarde la saqué a pasear; siento mi bicicleta como una mascota silenciosa, como un caballito al que no hay que dar de comer pero que hay que sacar al campo. Juntos atravesamos La Camocha y subimos por la carretera hasta la iglesia de San Julián, en el viejo roble acordamos seguir hacia arriba sin mas intención que saludar a los viejos conocidos y en eso estábamos cuando nos encontramos con Eduardo, del bar “Casa Camín,” que subía en dirección al Picu, naturalmente le acompañamos y supongo que le habremos hecho más ameno el ascenso. Siempre se sufre menos en compañía.

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